Determinar la calidad de un embrión y hasta qué punto es «bueno» implica revisar su forma, estructura y apariencia para evaluar su potencial de implantación.
Tradicionalmente, los embriólogos monitorizaban el desarrollo observando el embrión bajo el microscopio cada día, evaluando características como la división celular y realizando un seguimiento de los cambios en el desarrollo a lo largo de todo el proceso de cultivo.
Los avances tecnológicos recientes, en forma de imágenes «time-lapse», permiten ahora monitorizar el desarrollo sin necesidad de retirar los embriones de la incubadora.
Los embriones se evalúan y clasifican para identificar aquellos que se desarrollan con normalidad y presentan el mayor potencial para dar lugar a un embarazo exitoso.
Durante los tres primeros días de cultivo, la selección de embriones se basa normalmente en varios indicadores de calidad, como el número de células, el ritmo de división celular, la uniformidad de las células y la presencia de fragmentación celular. Los embriólogos prestan mucha atención al ritmo de desarrollo del embrión, ya que los patrones de crecimiento irregulares pueden estar asociados a anomalías cromosómicas.
Al llegar a la fase de blastocisto (días 5-6), el embrión ha aumentado significativamente de tamaño y se ha diferenciado en dos tipos de células distintos. A continuación, se evalúa la calidad mediante un sistema de clasificación que consiste en una puntuación numérica y dos grados con letras que evalúan las diferentes partes del embrión.
La puntuación numérica (1-6) indica el grado de expansión del blastocisto, mientras que las letras reflejan la calidad de los dos tipos de células: la masa celular interna y el trofectodermo. Tras la implantación, la masa celular interna forma el feto, mientras que el trofectodermo da lugar a la placenta. El embriólogo califica cada estructura en una escala que va de la A (máxima calidad) a la D (mínima calidad).
A continuación, se seleccionan para la transferencia los embriones disponibles de mayor calidad.



